Los jugadores intercambian regalos entre sí mientras intentan recordar qué objeto tiene cada persona. Lo que comienza siendo sencillo se convierte rápidamente en un divertido desafío de memoria y engaño.
Cada carta representa un objeto cotidiano que los jugadores irán regalándose unos a otros. En su turno, un jugador entrega una carta a otro participante indicando qué objeto le está regalando. A medida que las cartas cambian constantemente de manos, recordar quién tiene cada objeto se vuelve cada vez más complicado. Si un jugador recibe un regalo y cree que la información es incorrecta o que quien se lo entrega se ha equivocado, puede desafiar esa afirmación. En ese momento se revela la carta para comprobar quién tenía razón. Si el desafío era correcto, quien cometió el error recibe una penalización; si no lo era, la penalización la recibe quien desafió. La gracia del juego está en que, cuando la memoria empieza a fallar, los jugadores pueden intentar convencer a los demás con seguridad, incluso cuando no recuerdan realmente qué objeto están entregando.





